Chufas
El lunes la peque se dio de morros con el duro suelo. Hale, hasta con sangre. Y yo, que soy una madre tranquila, pues eso.
Un rato después, la chirimoya mayor, en casa de un amiguito (o amigote, que creo que esto le ajusta más: ese, ese que se baja los pantalones) se subió a una cama que está como a metro veinte del suelo (¿mensajeras? No t'ensajero ni una) se apoyó en la barandilla (que su amigote usa como escalera) y ¡CATAPUM!
¡BUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
Y yo, que soy una madre tranquila, pues eso. Hasta que le aparté el flequillo y le vi un chichon del tamaño de un huevo duro (aquí tampoco t'ensajero: cortas el huevo al medio para que ajuste a un craneo, lo pones sobre un melón pequeño y talmente mi hija, color incluido).
Menos mal que estábamos como a 50 metros del centro de salud (sigo sin ensagerar ni una). Me ascendieron a observadora de posibles traumatismos craneoencefálicos en un momento, oye.
Que está bien, creo, que como dice la doctora: "el tiempo juega a nuestro favor" (qué curioso, cuando se cayó de la taza del vater -estaba de pie sobre la tapa- al año y medio y dio también la voltereta, su doctora anterior dijo exactamente eso ¿lo aprenderán en la carrera?)
Hale
